sábado, 30 de agosto de 2014

El matrimonio con María

José, hijo de David, no temas recibir contigo a María, tu esposa, pues los que en ella se ha engendrado en su vientre es obra del Espíritu Santo.



2. “José, hijo de David, no temas recibir contigo a María, tu esposa, pues los que en ella se ha engendrado en su vientre es obra del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo a quien le pondrá por nombre Jesús, porque El Salvará a su pueblo de su pecados”(Mt 1,20-21). En estas palabras está contenido el núcleo central de la verdad bíblica sobre san José; es el momento de su existencia al cual se refieren en particular los Padres de la Iglesia.

   El Evangelista San Mateo explica el significado de este momento, esbozando también la manera como José vivió. Incluso, para comprenderse plenamente su contenido y contexto, es importante tener presente el pasaje correspondiente del Evangelio de San Lucas. En efecto, el origen de la gravidez de María, por “obra del Espíritu Santo” –puesto en relación con el versículo que dice “ahora, el nacimiento de Jesucristo fue así: Estando María su madre desposada con José, antes de habitar juntos, sucedió que había concebido por virtud del Espíritu Santo”(Mt 1,18) encuentra una descripción más amplia y más explícita en aquello que leemos en San Lucas sobre la Anunciación del nacimiento de Jesús: “El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazareth, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la Casa de David. Y el nombre de la virgen era María”(Lc 1,26-27). Las palabras del ángel: “Salve oh llena de gracia, el Señor es contigo”(Lc 1, 28) provocaron en María una perturbación íntima y simultáneamente la estimularon a reflexionar. Entonces el mensajero tranquilizó a la Virgen y, al mismo tiempo, le reveló el designio especial de Dios al respecto suyo: “No temas, porque has hallado gracia delante de Dios. He aquí que concebirás y darás a luz un hijo al que pondrás el nombre de Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su padre David”(Lc 1,30-32)

El Evangelista había afirmado. Poco antes, que, en el momento de la Anunciación, María estaba desposada con un hombre llamado José, de la Casa de David. La naturaleza de estos esponsales es explicitada, indirectamente, cuando María, después de haber oído aquello que el mensajero dijera del nacimiento del hijo, pregunta: “¿Cómo se realizará eso, pues no conozco varón?”(Lc 1,34). Y entonces le es dada la respuesta: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por ello, aquel que va a nacer será santo y habrá de llamarse Hijo de Dios” (Lc 1,35). María, aunque ya estuviese desposada con José, permanecerá virgen, pues el niño en Ella concebido desde el momento de la Anunciación, era concebido por el Divino Espíritu Santo.

   En este punto el texto de San Lucas coincide con el texto de San Mateo (1,18) y nos sirve para explicar lo que leemos en este último capítulo. Si, tras el desposorio con José, se verificó que “María había concebido por obra del Espíritu Santo”, este hecho corresponde a todo el contenido de la Anunciación y, en particular, a las últimas palabras pronunciadas por María: “Hágase en mí según tu palabra”(Lc 1,38). Correspondiendo al claro designio de Dios, María con el paso de los días y de las semanas, se manifiesta delante de las personas y delante de José en estado grávido, como mujer que debe dar a luz y que trae en sí el misterio de la maternidad.

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3. En estas circunstancias, “José, su esposo, siendo justo y no queriendo exponerla a infamia, deliberó dejarla secretamente”(Mt 1, 19) Él no sabía cómo comportarse ante la “sorprendente” maternidad de María. Ciertamente buscaba una respuesta para esa inquietante interrogación; pero sobre todo procuraba una manera de salir airoso de aquella difícil situación. En cuanto andaba “pensando en esto se le apareció en un sueño un ángel del Señor que le dijo: José hijo de David, no temas recibir contigo a María, tu esposa, pues lo que en ella se ha engendrado es obra del Espíritu santo. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21).

   Existe una estrecha analogía entre la “Anunciación” del texto de San Mateo y la del texto de San Lucas.  El mensajero divino introdujo a José en el misterio de la maternidad de María. Aquella que, según la Ley, es su “esposa”, permaneciendo virgen, se hizo madre por virtud del Espíritu Santo. Y cuando el Hijo que María trae en su seno viniere al mundo habrá de recibir el nombre de Jesús. Este nombre era bien conocido entre los Israelitas; y, frecuentemente, era puesto por ellos sus hijos. En este caso se trata de un Hijo que –según la Divina promesa- realizará plenamente lo que este nombre significa: Jesús – Yehosua, que quiere decir “Dios salva”.

El mensajero se dirige a José como “esposo de María”; se dirige a quien, al tiempo, deberá poner tal nombre al Hijo que va a nacer de la Virgen de Nazareth, desposada con él. Se dirige a José por tanto, confiándole los encargos de un padre terreno en relación al Hijo de María.

“Despertando del sueño, José hizo como le había ordenado el ángel del Señor y recibió a su esposa”(Mt 1, 24) La recibió con todo el misterio de su maternidad; la recibió con el Hijo que habría  de venir al mundo por obra del Espíritu Santo: demostró de este modo una disponibilidad de voluntad semejante a la disponibilidad de María, en orden a aquello que Dios le pedía por medio de su mensajero.

 Exhortación Apostólica Redemptoris Custos del Sumo Pontífice Juan Pablo II sobre la figura y misión de San José en la vida de Cristo y de la Iglesia

miércoles, 27 de agosto de 2014

Esta devoción nos alcanza la protección maternal de María


1) María se da a su esclavo

Tercer motivo. La Santísima Virgen es Madre de dulzura y misericordia y jamás se deja vencer en amor y generosidad. Viendo que te has entregado totalmente a Ella para honrarla y servirla y te has despojado de cuanto más amas para adornarla, se entrega también plena y totalmente a ti. Hace que te abismes en el piélago de sus gracias, te adorna con sus méritos, te apoya con su poder, te ilumina con su luz, te inflama con su amor, te comunica sus virtudes: su humildad, su fe, su pureza, etc., se constituye en tu fiadora, tu suplemento y tu todo ante Jesús. Por último, dado que como consagrado perteneces totalmente a María, también Ella te pertenece en plenitud. De suerte que, en cuanto perfecto servidor e hijo de María, puedes repetir lo que dijo de sí mismo el Evangelista san Juan: El discípulo se la llevó a su casa (Jn. 19, 27).
Este comportamiento observado con fidelidad produce en tu alma gran desconfianza, desprecio y aborrecimiento de ti mismo y, a la vez, inmensa confianza y total entrega en manos de la Santísima Virgen, tu bondadosa Señora.
Como consagrado a Ella no te apoyarás ya en tus propias disposiciones, intenciones, méritos y buenas obras. En efecto, lo has sacrificado todo a Jesucristo por medio de su Madre bondadosa. Por ello, ya no te queda otro tesoro, y éste ya no es tuyo, en donde estén todos tus bienes que María.
Esto te llevará a acercarte al Señor sin temor servil ni escrúpulos y rogarle con toda confianza y te hará participar en los sentimientos del piadoso y sabio abad Ruperto, quien aludiendo a la victoria de Jacob sobre un ángel (cfr. Gn. 32, 23-33), dirige a la Santísima Virgen estas hermosas palabras: ¡Oh! María, Princesa mía y Madre inmaculada del Hombre–Dios, Jesucristo, deseo luchar con este Hombre que es el Verbo de Dios, armado no con mis méritos sino con los tuyos.
¡Oh! ¡Qué poderosos y fuertes somos ante Jesucristo cuando estamos armados con los méritos e intercesión de la digna Madre de Dios, quien, según palabras de san Agustín,venció amorosamente al Todopoderoso!

2) María purifica nuestras buenas obras, las embellece y hace aceptables a su Hijo divino

Por esta devoción entregamos al Señor, por manos de su Madre Santísima, todas nuestras buenas obras. Esta bondadosa Madre las purifica, embellece, presenta a Jesucristo y hace que su Hijo las acepte.
1º) Las purifica de toda mancha de egoísmo y del apego aún imperceptible que se desliza insensiblemente en las mejores acciones. Tan pronto como llegan a sus manos purísimas y fecundas, esas manos, jamás estériles ni ociosas y que purifican todo cuanto tocan, limpian en lo que le ofrecemos todo lo que tenga de impuro o imperfecto.
2º) Las embellece, adornándolas con sus méritos y virtudes. Pensemos en un labrador cuya única riqueza fuera una manzana y deseara granjearse la simpatía y benevolencia del rey. ¿Qué haría? Acudir a la Reina y presentarle la manzana para que ella la ofrezca al Soberano. La Reina acepta el modesto regalo, coloca la manzana en una grande y hermosa bandeja de oro y la presenta al Rey en nombre del labrador. En esta forma, la manzana de suyo indigna de ser presentada al Soberano, se convierte en un obsequio digno de su Majestad, gracias a la bandeja de oro y a la persona que la entrega.
3º) María presenta esas buenas obras a Jesucristo, no reserva para sí nada de lo que se le ofrece: todo lo presenta fielmente a Jesucristo. Si le entregas algo, necesariamente lo entregas a Jesucristo. Si la alabas, necesariamente alabas y glorificas al Señor. Si la ensalzas y bendices, Ella, como cuando santa Isabel la alabó, entona su cántico: ¡Proclama mi alma al Señor! (Lc. 1, 46).
4º) Por insignificante y pobre que sea para Jesucristo, Rey de reyes y Santo de los santos, el don que le presentas, María hace que Él acepte tus buenas obras. Pero quien, por su cuenta y apoyado en su propia industria y habilidad, lleva algo a Jesucristo, debe recordar que Él examina el obsequio y, muchas veces, lo rechaza por hallarlo manchado de egoísmo, lo mismo que en otro tiempo rechazó los sacrificios de los judíos por estar llenos de voluntad propia.
Pero si al presentar algo a Jesús, lo ofreces por las manos puras y virginales de su Madre amadísima, le tomas por su lado flaco, si me permites la expresión. Él no mirará tanto el don que le ofreces, cuanto a su bondadosa Madre que es quien se lo presenta, ni considera tanto la procedencia del don, cuanto a Aquella que se lo ofrece.
Así María, jamás rechazada y siempre bien recibida por su Hijo, hace que el Señor acepte con agrado cuanto se le ofrezca grande o pequeño: basta que María lo presente para que Jesús lo acepte y se complazca en el obsequio. El gran consejo que san Bernardo daba a aquellos que dirigía a la perfección era éste: Si quieres ofrecer algo a Dios, procura presentarlo por las manos agradabilísimas y dignísimas de María, si no quieres ser rechazado.
¿No es esto acaso lo que la misma naturaleza inspira a los pequeños respecto a los grandes, como hemos visto ya? ¿Por qué no habría de enseñarnos la gracia a observar la misma conducta para con Dios, infinitamente superior a nosotros y ante quien somos menos que átomos? ¿Tanto más teniendo como tenemos una abogada tan poderosa, que jamás ha sido desairada; tan inteligente, que conoce todos los secretos para conquistar el corazón de Dios; tan caritativa, que no rechaza a nadie por pequeño o malvado que sea?
Más adelante expondré en la historia de Jacob y Rebeca la figura verdadera de lo que voy diciendo.

El hombre justo, el esposo

Durante su vida, que fue una peregrinación en la fe, José, al igual que María, permaneció fiel a la llamada de Dios hasta el final.



17. Durante su vida, que fue una peregrinación en la fe, José, al igual que María, permaneció fiel a la llamada de Dios hasta el final. La vida de ella fue el cumplimiento hasta sus últimas consecuencias de aquel primer «fiat» pronunciado en el momento de la anunciación mientras que José -como ya se ha dicho- en el momento de su «anunciación» no pronunció palabra alguna. Simplemente él «hizo como el ángel del Señor le había mandado» (Mt 1, 24). Y este primer «hizo» es el comienzo del «camino de José». A lo largo de este camino, los Evangelios no citan ninguna palabra dicha por él. Pero el silencio de José posee una especial elocuencia: gracias a este silencio se puede leer plenamente la verdad contenida en el juicio que de él da el Evangelio: el «justo» (Mt 1, 19).

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Hace falta saber leer esta verdad, porque ella contiene uno de los testimonios más importantes acerca del hombre y de su vocación. En el transcurso de las generaciones la Iglesia lee, de modo siempre atento y consciente, dicho testimonio, casi como si sacase del tesoro de esta figura insigne «lo nuevo y lo viejo» (Mt 13, 52).

18. El varón «justo» de Nazaret posee ante todo las características propias del esposo. El Evangelista habla de María como de «una virgen desposada con un hombre llamado José» (Lc 1, 27). Antes de que comience a cumplirse «el misterio escondido desde siglos» (Ef 3, 9) los Evangelios ponen ante nuestros ojos la imagen del esposo y de la esposa. Según la costumbre del pueblo hebreo, el matrimonio se realizaba en dos etapas: primero se celebraba el matrimonio legal (verdadero matrimonio) y, sólo después de un cierto período, el esposo introducía en su casa a la esposa. Antes de vivir con María, José era, por tanto, su «esposo»; pero María conservaba en su intimidad el deseo de entregarse a Dios de modo exclusivo. Se podría preguntar cómo se concilia este deseo con el «matrimonio». La respuesta viene sólo del desarrollo de los acontecimientos salvíficos, esto es, de la especial intervención de Dios. Desde el momento de la anunciación, María sabe que debe llevar a cabo su deseo virginal de darse a Dios de modo exclusivo y total precisamente por el hecho de llegar a ser la madre del Hijo de Dios. La maternidad por obra del Espíritu Santo es la forma de donación que el mismo Dios espera de la Virgen, «esposa prometida» de José. María pronuncia su «fiat».

El hecho de ser ella la «esposa prometida» de José está contenido en el designio mismo de Dios.


Así lo indican los dos Evangelistas citados, pero de modo particular Mateo. Son muy significativas las palabras dichas a José: «No temas en tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo» (Mt 1, 20). Estas palabras explican el misterio de la esposa de José: María es virgen en su maternidad. En ella el «Hijo del Altísimo» asume un cuerpo humano y viene a ser «el Hijo del hombre».

Dios, dirigiéndose a José con las palabras del ángel, se dirige a él al ser el esposo de la Virgen de Nazaret. Lo que se ha cumplido en ella por obra del Espíritu Santo expresa al mismo tiempo una especial confirmación del vínculo esponsal, existente ya antes entre José y María. El mensajero dice claramente a José: «No temas tomar contigo a María tu mujer». Por tanto, lo que había tenido lugar antes -esto es, sus desposorios con María- había sucedido por voluntad de Dios y, consiguientemente, había que conservarlo. En su maternidad divina María ha de continuar viviendo como «una virgen, esposa de un esposo» (cf. Lc 1, 27).
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19. En las palabras de la «anunciación» nocturna, José escucha no sólo la verdad divina acerca de la inefable vocación de su esposa, sino que también vuelve a escuchar la verdad sobre su propia vocación. Este hombre «justo», que en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a la virgen de Nazaret y se había unido a ella con amor esponsal, es llamado nuevamente por Dios a este amor.

«José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer» (Mt 1, 24); lo que en ella había sido engendrado «es del Espíritu Santo». A la vista de estas expresiones, ¿no habrá que concluir que también su amor como hombre ha sido regenerado por el Espíritu Santo? ¿No habrá que pensar que el amor de Dios, que ha sido derramado en el corazón humano por medio del Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5) configura de modo perfecto el amor humano? Este amor de Dios forma también -y de modo muy singular- el amor esponsal de los cónyuges, profundizando en él todo lo que tiene de humanamente digno y bello, lo que lleva el signo del abandono exclusivo, de la alianza de las personas y de la comunión auténtica a ejemplo del Misterio trinitario.

«José … tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo» (Mt 1, 24-25). Estas palabras indican también otra proximidad esponsal. La profundidad de esta proximidad, es decir, la intensidad espiritual de la unión y del contacto entre personas -entre el hombre y la mujer- proviene en definitiva del Espíritu Santo, que da la vida (cf. Jn 6, 63). José, obediente al Espíritu, encontró justamente en El la fuente del amor, de su amor esponsal de hombre, y este amor fue más grande que el que aquel «varón justo» podía esperarse según la medida del propio corazón humano.

20. En la liturgia se celebra a María como «unida a José, el hombre justo, por un estrechísimo y virginal vínculo de amor». [31] Se trata, en efecto, de dos amores que representan conjuntamente el misterio de la Iglesia, virgen y esposa, la cual encuentra en el matrimonio de María y José su propio símbolo. «La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo»,[32] que es comunión de amor entre Dios y los hombres.

Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole «don esponsal de sí». Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizando en ella, él, por expresa orden del ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva a Dios.

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Por otra parte, es precisamente del matrimonio con María del que derivan para José su singular dignidad y sus derechos sobre Jesús. «Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la beatísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad -al que de por sí va unida la comunión de bienes- se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella».[33]

21. Este vínculo de caridad constituyó la vida de la Sagrada Familia, primero en la pobreza de Belén, luego en el exilio en Egipto y, sucesivamente, en Nazaret. La Iglesia rodea de profunda veneración a esta Familia, proponiéndola como modelo para todas las familias. La Familia de Nazaret, inserta directamente en el misterio de la encarnación, constituye un misterio especial. Y -al igual que en la encarnación- a este misterio pertenece también una verdadera paternidad: la forma humana de la familia del Hijo de Dios, verdadera familia humana formada por el misterio divino. En esta familia José es el padre: no es la suya una paternidad derivada de la generación; y, sin embargo, no es «aparente» o solamente «sustitutiva», sino que posee plenamente la autenticidad de la paternidad humana y de la misión paterna en la familia. En ello está contenida una consecuencia de la unión hipostática: la humanidad asumida en la unidad de la Persona divina del Verbo-Hijo, Jesucristo. Junto con la asunción de la humanidad, en Cristo está también «asumido» todo lo que es humano, en particular, la familia, como primera dimensión de su existencia en la tierra. En este contexto está también «asumida» la paternidad humana de José.

En base a este principio adquieren su justo significado las palabras de María a Jesús en el templo: «Tu padre y yo … te buscábamos». Esta no es una frase convencional; las palabras de la Madre de Jesús indican toda la realidad de la encarnación, que pertenece al misterio de la Familia de Nazaret. José, que desde el principio aceptó mediante la «obediencia de la fe» su paternidad humana respecto a Jesús, siguiendo la luz del Espíritu Santo, que mediante la fe se da al hombre, descubría ciertamente cada vez más el don inefable de su paternidad.
EXTRAIDO DE LA EXHORTACIÓN APOSTÓLICA REDEMPTORIS CUSTOS DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II SOBRE LA FIGURA Y LA MISIÓN DE SAN JOSÉ EN LA VIDA DE CRISTO Y DE LA IGLESIA

lunes, 25 de agosto de 2014

Devoción de las tres Avemarías




¿En qué consiste la devoción de las tres Avemarías?
En rezar tres veces el Avemaría a la Santísima Virgen, Madre de Dios y Señora nuestra, bien para honrarla o bien para alcanzar algún favor por su mediación.


¿Cuál es el fin de esta devoción?
Honrar los tres principales atributos de María Santísima, que son:

1.- El poder que le otorgó Dios Padre por ser su Hija predilecta.
2.- La sabiduría con que la adornó Dios Hijo, al elegirla como su Madre.
3.- La misericordia con que la llenó Dios Espíritu Santo, al escogerla por su Inmaculada Esposa.
De ahí viene que sean tres las Avemarías a rezar y no otro número diferente.


¿Cuál es la forma de rezar las tres Avemarías? 
“María Madre mía, líbrame de caer en pecado mortal.

1. Por el poder que te concedió el Padre Eterno
Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

2. Por la sabiduría que te concedió el Hijo.
Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

3. Por el Amor que te concedió el Espíritu Santo
Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre por los
siglos de los siglos. Amén!”


¿Cuál es el origen de la devoción de las tres Avemarías?
Santa Matilde, religiosa benedictina, suplicó a la Santísima Virgen que la asistiera en la hora de la muerte. La Virgen María le dijo lo siguiente: “Sí que lo haré; pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres Avemarías. La primera, pidiendo que así como Dios Padre me encumbró a un trono de gloria sin igual, haciéndome la más poderosa en el cielo y en la tierra, así también yo te asista en la tierra para fortificarte y apartar de ti toda potestad enemiga. Por la segunda Avemaría me pedirás que así como el Hijo de Dios me llenó de sabiduría, en tal extremo que tengo más conocimiento de la Santísima Trinidad que todos los Santos, así te asista yo en el trance de la muerte para llenar tu alma de las luces de la fe y de la verdadera sabiduría, para que no la oscurezcan las tinieblas del error e ignorancia. Por la tercera, pedirás que así como el Espíritu Santo me ha llenado de las dulzuras de su amor, y me ha hecho tan amable que después de Dios soy la más dulce y misericordiosa, así yo te asista en la muerte llenando tu alma de tal suavidad de amor divino, que toda pena y amargura de muerte se cambie para ti en delicias.”

Y esta promesa se extendió en beneficio de todos cuantos ponen en práctica ese rezo diario de las tres Avemarías.


¿Cuáles son las promesas de la Virgen a quienes rezasen diariamente las tres avemarías?
Nuestra Señora prometió a Santa Matilde y a otras almas piadosas que quien rezara diariamente tres avemarías, tendría su auxilio durante la vida y su especial asistencia a la hora de la muerte, presentándose en esa hora final con el brillo de una belleza tal que con sólo verla la consolaría y le transmitiría las alegrías del Cielo.

María renueva su promesa de protección:

Cuando Sor María Villani, religiosa dominica (siglo XVI), rezaba un día las tres Avemarías, oyó de labios de la Virgen estas estimulantes palabras:

“No sólo alcanzarás las gracias que me pides, sino que en la vida y en la muerte prometo ser especial protectora tuya y de cuantos como tú PRACTIQUEN ESTA DEVOCIÓN”

También dijo la Santísima Virgen: “La devoción de las tres Avemarías siempre me fue muy grata… No dejéis de rezarlas y de hacerlas rezar cuanto podáis. Cada día tendréis pruebas de su eficacia…”

Fue la misma Santísima Virgen la que dijo a Santa Gertrudis que “quien la venerase en su relación con la Beatísima Trinidad, experimentaría el poder que le ha comunicado la Omnipotencia del Padre como Madre de Dios; admiraría los ingeniosos medios que le inspira la sabiduría del Hijo para la salvación de los hombres, y contemplaría la ardiente caridad encendida en su corazón por el Espíritu Santo”.

Refiriéndose a todo aquel que la haya invocado diariamente conmemorando el poder, la sabiduría y el amor que le fueron comunicados por la Augusta Trinidad, dijo María a Santa Gertrudis que, “a la hora de su muerte me mostraré a él con el brillo de una belleza tan grande, que mi vista le consolará y le comunicará las alegrías celestiales”.

¿Cuál es el fundamento de esta devoción?
La afirmación católica de que la Santísima Virgen poseyó, en el más alto grado posible a una criatura, los atributos de poder, sabiduría y misericordia.

Esto es lo que enseña la Iglesia al invocar a María como Virgen Poderosa, Madre de Misericordia y Trono de Sabiduría.


PARA REFORZAR ESTA DEVOCIÓN CONTAMOS UN BELLO TESTIMONIO DE FE 
En un país situado detrás del «telón de acero», en el que, en los primeros meses del año 1968, se recrudeció la persecución religiosa, uno de los Obispos allí radicados recibió una misiva comunicándole confidencialmente que se preparaba un atentado contra su vida, por lo cual debía huir sin pérdida de tiempo y ocultarse.

Obedeciendo la consigna recibida, el aludido señor Obispo salió de su residencia vestido de aldeano y huyó a campo traviesa, caminando durante todo un día, alcanzándole la noche, divisando una amplia vega.

Aprovechando la oscuridad, se aproximó a una casa que vio poco distante y pidió a sus habitantes le permitiesen descansar unas horas sentado en una silla.

Los ocupantes de la casa -un matrimonio con varios hijos pequeños- acogieron la petición de hospedaje del que consideraron labriego viajero, pero no sólo le ofrecieron silla, sino que le hicieron cenar con ellos y luego le acomodaron en una habitación con buena cama.

Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja; informándosele entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera conveniente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse, y, por tanto, no se preparaba…

Hubo unos breves comentarios del caso, pero ninguno se atrevió a hacer mención del aspecto religioso del asunto.

Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo, para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y le acompañaron.

Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: «Mire usted, yo sé que estoy muy malo y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré».

Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas, añadió éste: «Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora… Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?… Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad: Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años de persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las Tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen María que, a la hora de la muerte, esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero».

Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: «Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios, rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí… No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted… Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis, que va hacia el exilio»

La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande, que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia…

Seguidamente, el señor Obispo realizó las confesiones, ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo…

Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional.

sábado, 23 de agosto de 2014

¿Por qué María?


Muchas personas preguntan por qué existe devoción a la Virgen, por qué rezar a Ella, hacer imágenes en su representación, construir capillas e iglesias en su honor. ¿Por qué tanto fervor por María? ¿Eso no es una exageración?

Además, si ya tenemos a Jesús -que es Dios- a quien rezar, ¿por qué pedir gracias a Ella, que no es Dios, sino apenas criatura? ¿Eso no es desviar la atención del Hijo de Dios, que se encarnó para salvar a los hombres? ¿Por qué entonces, María?


Para encontrar la respuesta, no precisamos buscar en muchos lugares. No es necesario ir a los libros, ni hacer grandes pesquisas. Si queremos saber quien dio inicio a esta práctica, quien es el “culpable”, por así decir, de la inmensa y secular devoción que todos los pueblos, de todas las razas y de todas las lenguas tienen a María, vamos encontrar apenas un nombre: JESUCRISTO.

Sí, Él fue el primer devoto de la Virgen María. Y un sacerdote de nuestros tiempos, el P. Pinard De La Boullaye, S.J., dice que “¡la devoción a la Santísima Virgen María comenzó en la gruta de Belén, en la primera sonrisa que tuvo el Niño-Dios, respondiendo a la sonrisa de su queridísima y perfectísima Madre, y no paró de crecer hasta el último minuto de su muerte en la cruz!”

Y si alguien quiere todavía más pruebas de cómo la devoción a María es querida por el propio Dios, y no es una invención de los hombres, recurramos a los Evangelios. Sí, allí encontraremos muchos pasajes que nos indican la necesidad de la devoción a María.

Vemos al arcángel Gabriel llamarle de “llena de gracia” (Lc 1,28). Ahora, para que un ángel conceda a alguien ese título, ¿cuál no es la inmensidad de gracias que debe poseer esa persona? Luego a seguir vemos al mismo ángel anunciar a María que Ella daría a luz un hijo que se llamaría “hijo de Dios”. O sea, el propio Dios escogió a María para en Ella habitar durante todo el tiempo de la gestación, como en un sagrario purísimo. ¿Podemos considerar poco eso?


Si leemos un poco más del evangelio de San Lucas, todavía veremos un prodigio más realizado por la intercesión de María: al visitar a su prima Santa Isabel, el simple efecto de su voz, al alcanzar los oídos de su pariente, hace que un bebé con apenas seis meses de gestación salte de alegría, y allí mismo reciba todas las gracias de la justificación. Era la primera gracia que el Verbo encarando concedía en el Nuevo Testamento, y quiso hacerlo a través de su Madre. Es el efecto de la voz de María.

Y tenemos más: San Juan (Jn 2,1) nos cuenta que, estando Jesús en un matrimonio, en la ciudad de Caná, falta el vino necesario para la fiesta. Y por iniciativa de María, y por su intercesión junto a su Divino Hijo, es realizado el primero de innúmeros milagros de la vida pública del Salvador. ¡Cuántas maravillas hizo Jesús por causa de su Madre!

Y si queremos que los santos nos enseñen cómo la devoción a María fue instituida por el propio Dios, oigamos a San Luis María Grignion de Montfort: “Dios reunió todas las aguas y las llamó mar. Reunió todas las gracias y las llamó María”. Y San Bernardo: “La Virgen María fue escogida especialmente por Dios, antes de todos los siglos, para ser guardada por los ángeles y prometida por los profetas para ser la Madre de Dios y nuestra Madre”.

Y si queremos saber cómo debe ser nuestra devoción particular a María, los santos así nos enseñan: “Todo cuanto la Virgen Santísima pide en favor de los hombres, obtiene, con certeza, de Dios”, dice San Alfonso María de Ligorio; San Germano nos anima a confiar siempre en la intercesión de María, pues “Jesús no puede dejar de oír a María en todas sus preces, pues quiere obedecerla en todo, como un buen hijo obedece a su madre”.



Por último, San Bernardo nos exhorta a invocarla en nuestras necesidades: “en los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca María. Que su nombre nunca se aleje de sus labios, jamás abandone tu corazón. Siguiéndola, no te desviarás; rezando a Ella, no desesperarás; pensando en Ella, evitarás todo error.

“Si Ella te sustenta, no caerás; si Ella te protege, nada tendrás a temer; si Ella te conduce, nunca te cansarás; si Ella te ayuda, llegarás al fin”.

No tengamos, pues, recelo en amar a María, y ser devotos suyos de todo corazón y de toda alma. Pues nos dice todavía el P. Pinard que “Jesús quiso ser nuestro modelo en todo, quiso ser también modelo de la piedad mariana. Y si queremos preguntarnos cuál es el límite que debe existir para la devoción mariana, es: amad a María, si pudieres, tanto cuanto Jesús la amó. ¡Sí, el modelo de piedad mariana es el propio Hijo de Dios!”.


Por Alessandro Scherma Schurig

miércoles, 20 de agosto de 2014

Aspectos de la Devoción a la Santísima Virgen María

La devoción se refiere directamente a Dios y solo indirectamente a los Santos, por lo que ellos tienen de Dios. Nuestra Señora ocupa un lugar intermediario entre Dios y los Santos, lo que da origen a un culto propio, por tanto único, y especial: muy inferior al de Dios, pero muy superior al de los Santos.


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El culto de hiperdulía es reservado a Nuestra Señora por su singular dignidad de Madre de Dios. Es muy inferior al de Dios porque difiere específicamente al culto de latría (debido solo a Dios). Nosotros veneramos a Nuestra Señora pero no la adoramos; hay por tanto, un abismo infinito entre las dos especies de culto. Es muy superior al culto de dulía (debido a los Santos) porque difiere de este específicamente por el motivo de la dignidad de la maternidad divina, esta dignidad coloca a Nuestra Señora en un orden aparte, que está mil veces por encima, y es también específicamente distinto de la orden de la gracia y de la gloria en que se encuentran todos los Santos.


La verdadera devoción a María tiene que ser interior, tierna, santa, constante y desinteresada:


Devoción interior: Esto es, nace del espíritu y del corazón y proviene de la estima que se tiene de la Santísima Virgen, de la alta idea que se forma respecto a la grandeza de ella y del amor que se le profesa.


Devoción tierna: Esto quiere decir que es llena de confianza en Nuestra Señora, como un niño tiene en su cariñosa madre. La devoción tierna hace que el alma recurra a María en todas sus necesidades de cuerpo y de espíritu, con mucha simplicidad, confianza y ternura; que implore la ayuda de su celestial Madre en todos los tiempos, en todos los lugares y en todas las cosas: en sus dudas, para que las mismas puedan ser aclaradas; en sus desvíos, para volver al buen camino; en sus tentaciones, para que María la sostenga; en sus debilidades, para que la fortifique; en sus caídas, para que la levante; en sus desánimos, para que le infunda animo; en sus escrúpulos, para que la libre de ellos; en sus cruces, trabajos y contratiempos de la vida, para que la consuele. Por último, en todos sus males de cuerpo y de espíritu, Nuestra Señora es su habitual recurso, sin recelo de importunar a esta tierna Madre y desagradar a Jesucristo.


Devoción santa: Es santa porque hace que el alma evite el pecado e imite las virtudes de la Santísima Virgen; sobre todo de un modo más particular su humildad profunda, su fe viva, su obediencia ciega, su oración continua, su mortificación total, su pureza divina, su caridad ardiente, su paciencia heroica, su dulzura angelical y su sabiduría divina, que son las diez principales virtudes de la Santísima Virgen.


Devoción constante: Quiere decir que consolida el alma en el bien y hace con que no abandone fácilmente sus prácticas de devoción, le da ánimo para que se oponga al mundo en sus modas y en sus máximas; a la carne, en sus tedios y embates de sus pasiones, y al demonio en sus tentaciones; de manera que una persona verdaderamente devota de la Virgen no es inconstante, melancólica, escrupulosa, ni tímida. Esto no quiere decir que no caiga ni experimente algún cambio en lo que se refiere a la sensibilidad de su devoción; sino que, si cae, se vuelve a levantar estirando la mano a su bondadosa Madre, y, si carece de gusto y de devoción sensible, no se desanima por eso; porque el justo y devoto fiel de María vive de la fe de Jesús y de María y no de los sentimientos del cuerpo.


Devoción desinteresada: Finalmente, es desinteresada porque inspira al alma que no se busque a sí misma, sino solamente a Dios en su Santísima Madre. El verdadero devoto de María no sirve a esta augusta Reina por espíritu de lucro o de interés, ni por su bien, aunque temporal o eterno, de cuerpo o de alma, sino únicamente porque Ella merece ser servida, y Dios en Ella. Si ama a María, no es por los favores que esta le concede o por los que de Ella espera recibir, sino únicamente porque Ella merece ser amada. He aquí el porqué la ama y la sirve con la misma fidelidad en sus contratiempos y arideces que en sus dulzuras y fervores sensibles; e igual amor le profesa en el Calvario y en las bodas de Caná.


¡Ah, cuán agradable y precioso a los ojos de Dios y de su Santísima Madre es el devoto de María que no se busca a sí mismo en ninguno de los servicios que le presta! ¡Pero, cuán raro es hoy en día encontrar un devoto así!


Por el P. Hernán Luis Cosp Bareiro, Heraldos del Evangelio Paraguay

lunes, 18 de agosto de 2014

Devoción al Inmaculado Corazón de María

"Para salvar las almas de los pobres pecadores, Dios quiso establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón" - dijo la Santísima Virgen en la aparición del 13 de julio de 1917.
María Santísima es verdaderamente Madre de bondad inconmensurable. Su desvelo hacia nosotros excede todo el amor conocido, pues no es solamente generoso, envolvente Inmaculado Corazón de María y hasta heroico sino que parece superar todos los límites.
Incluso cuando en Fátima, Nuestra Señora se refirió a los castigos reservados para el mundo impenitente, la Madre de Dios revistió sus admoniciones de profunda tristeza, demostrando además, por su modo de expresarlo, una gran pena de los “pobres pecadores”.
A pesar del anuncio del castigo, Nuestra Señora se encuentra lista para obtener de su Divino Hijo el perdón. La condición es utilizar los medios por Ella indicados: el aumento de la devoción a Ella, la oración y la penitencia.
No es de extrañar el carácter condicional de esa promesa de perdón, venida de Madre tan bondadosa y misericordiosa. Pues, una vez que alguien está amenazado de castigo por causa de sus pecados, el modo de ser perdonado es dejar de cometerlos.
La devoción al Inmaculado Corazón de María
Para salvar las almas “de los pobres pecadores, Dios quiso establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón” – dijo la Santísima Virgen en la aparición del 13 de julio de 1917, al tratar la esencia de su mensaje. Sin embargo, no fue esta la única ocasión en que Nuestra Señora se refirió a la importancia de esta devoción. La mencionó en diversos mensajes y tal insistencia no puede dejar de ser considerada seriamente.
Quien toma el verdadero y sincero amor por esta buena Madre, purísima e inigualable y pone en práctica la devoción a su Inmaculado Corazón, será favorecido por su continuo amparo. Por mas grandes que hayan sido los pecados cometidos, Nuestra Señora intercederá por el fiel devoto junto a su Divino Hijo, obteniéndole las gracias, enmienda de vida y perseverancia en el buen camino.
La devoción al Inmaculado Corazón de María es, por tanto, uno de los principales remedios para los males contemporáneos.
La comunión reparadora
Nuestra Señora nos ofreció, por medio de la Hermana Lucia, un don de valor inestimable: “Yo prometo asistirlos en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas”. Para recibir ese beneficio, basta al fiel realizar la comunión reparadora de los primeros sábados de cinco meses seguidos, además confesarse, rezar el rosario y hacer quince minutos de meditación sobre los Misterios del Rosario. Esa comunión debe ser ofrecida en desagravio a la Santísima Virgen y a su Divino Hijo, por los pecados y ofensas contra Ellos cometidos.
¿Cómo hacer la comunión reparadora de los cinco primeros sábados?
En efecto, en la tercera aparición, el 13 de julio, Nuestra Señora prometió: “Vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados”.
El día 10 de diciembre de 1925, conforme lo relata la Hermana Lucía (hablando en tercera persona), “apareció la Santísima Virgen y, al lado, suspendido en una nube luminosa, un Niño. La Santísima Virgen, poniéndole la mano en el hombro, le mostró un Corazón rodeado de espinas que tenía en la otra mano. Al mismo tiempo, le dijo al Niño: ‘Ten compasión del Corazón de Tu Santísima Madre, que está rodeado con las espinas que los hombres ingratos constantemente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para quitárselas.
En seguida dijo la Santísima Virgen: ‘Mira, hija Mía, a Mi Corazón rodeado de espinas que los hombres ingratos a cada momento me clavan con blasfemias e ingratitudes. Tú al menos, consuélame, y dí que a todos aquellos que durante cinco meses consecutivos, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y Me acompañen 15 minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarme, Yo prometo asistirles a la hora de la muerte con todas la gracias necesarias para su salvación'”.
El día 15 de febrero de 1926, le apareció nuevamente el Niños Jesús. Le preguntó si ya había propagado la devoción a su Santísima Madre. Ella le dijo que la Madre Superiora estaba dispuesta a propagarla, pero que el confesor le había dicho que esta última, sola, no podía. Jesús le respondió: “es cierto que tu superiora nada puede, pero con mi gracia, puede todo”.
Presentó la dificultad que algunas tenían de confesarse el sábado y pidió que fuera válida la confesión en esa semana. Jesús le respondió: “Sí, incluso pueden ser más días, con tal que cuando Me recibieren, estén en gracia y en la intención de desagraviar el Inmaculado Corazón de María”.
Ella preguntó: “Mí Jesús, ¿Las que olvidaron formular esa intención? Jesús le respondió: Pueden hacerlo en la siguiente confesión, aprovechando la primera ocasión que tengan para hacerlo”.
Cuatro años después, en la madrugada del 29 para el 30 de mayo de 1930, Nuestro Señor le reveló interiormente a la Hermana Lucía otro pormenor al respecto de las comuniones reparadoras de los cinco primeros sábados:
“¿Quién no pueda cumplir con todas las condiciones el sábado?, le pregunté. Será igualmente aceptada la práctica de esta devoción al día siguiente, cuando mis Sacerdotes, por justos motivos, así lo consideren a las almas”.
El Corazón Sapiencial e Inmaculado de María
El Prof. Plinio Correa de Oliveira así nos presenta la sabiduría de la Santísima Virgen:
¿Qué viene a ser la “sapiencialidad” del Corazón de María?
La sabiduría, como virtud de la inteligencia, nos hace ver todas las cosas por sus aspectos más elevados, aquellos por donde más se asemejan a Dios Nuestro Señor, ser absoluto, infinito, perfecto y eterno, que jamás podría sufrir ninguna alteración.
Considerando así al universo, la mente humana adquiere una admirable unidad y una extraordinaria coherencia: nada de contradicción, de laceración o excitación, sino seguridad, fe, convicción, firmeza desde los más altos principios hasta las cosas con mejor importancia.
Esta es la fisonomía moral del varón verdaderamente católico: coherente en todo, porque en él todo proviene de los más altos pensamientos del espíritu, es decir, de aquellas que se anclan en Dios Nuestro Señor. En cuanto a la virtud Inmaculado Corazón de María de la voluntad, la sabiduría es la disposición de seguir lo que la inteligencia nos indica, y por tanto, de hacer inquebrantable y firmemente nuestro deber.
Inteligencia soberanamente limpia y lúcida, porque está llena de la convicción de la existencia de Dios y de la fe sobrenatural; inteligencia, porque limpia y lúcida, es sumamente coherente; voluntad fuerte, firme, inquebrantable, constantemente dirigida para el fin que ella debe tener – esto nos revela al hombre sapiencial. Esta virtud de la sabiduría, contiene, por lo tanto, todas las otras virtudes, está puesta en el primer mandamiento de la Ley de Dios. Cuando el decálogo dice: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt. VI 5), él nos invita a que seamos así.
Así es Nuestra Señora.
El corazón de María Santísima (quiere decir, su alma) es soberanamente elevado, soberanamente grande, soberanamente serio, soberanamente profundo, porque es sapiencial. Ella es el vaso de elección en el cual posó el Espíritu Santo, para generar a Nuestro Señor Jesucristo. Y el único himno que conocemos como el preferido por Nuestra Señora en su vida terrena es una verdadera maravilla de la sabiduría: el Magnificat.
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc. I, 47-48).
(Prof. Plinio Corra de Oliveira, Conferencia el 21/8/1968)