lunes, 22 de septiembre de 2014

Esta devoción hace que imitemos el ejemplo de Jesucristo y practiquemos la humildad


El segundo motivo nos demuestra que es en sí justo y ventajoso para el cristiano el consagrarse totalmente a la Santísima Virgen mediante esta práctica a fin de pertenecer más perfectamente a Jesucristo.
Este buen Maestro no se desdeñó de encerrarse en el seno de la Santísima Virgen como prisionera y esclavo de amor ni de vivir sometido y obediente a Ella durante treinta años. Ante esto, lo repito, se anonada la razón humana, si reflexiona seriamente en la conducta de la Sabiduría encarnada, que no quiso, aunque hubiera podido hacerlo, entregarse directamente a los hombres, sino que prefirió comunicárseles por medio de la Santísima Virgen, ni quiso venir al mundo a la edad del varón perfecto, independiente de los demás, sino como niño pequeño y débil, necesitado de los cuidados y asistencia de una Madre.
Esta Sabiduría infinita, inmensamente deseosa de glorificar a Dios, su Padre, y salvar a los hombres, no encontró medio más perfecto y corto para realizar sus anhelos que someterse en todo a la Santísima Virgen, no sólo durante los ocho o quince primeros años de su vida, como los demás niños, sino durante treinta años. Y durante este tiempo de sumisión y dependencia glorificó más al Padre que si hubiera empleado esos años en hacer milagros, predicar por toda la tierra y convertir a todos los hombres. Y si hubiera creído esto lo más perfecto, ciertamente lo habría realizado. ¡Oh! ¡Cuán altamente glorifica a Dios quien, a ejemplo de Jesucristo, se somete a María!
Teniendo, pues, ante los ojos ejemplo tan claro y universalmente conocido, ¿seremos tan insensatos que esperemos hallar medio más eficaz y rápido para glorificar a Dios que no sea el someternos a María a imitación de su Hijo divino?
En prueba de la dependencia en que debemos vivir respecto a la Santísima Virgen, recuerda cuanto hemos dicho al aducir el ejemplo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos ofrecen de dicha dependencia.
El Padre no dio ni da a su Hijo sino por medio de María, no se forma hijos adoptivos ni comunica sus gracias sino por Ella.
Dios Hijo se hizo hombre para todos solamente por medio de María, no se forma ni nace cada día en las almas sino por Ella en unión con el Espíritu Santo, ni comunica sus méritos y virtudes sino por Ella.
El Espíritu Santo no formó a Jesucristo sino por María y sólo por Ella forma a los miembros de su Cuerpo Místico y reparte sus dones y virtudes.
Después de tantos y tan apremiantes ejemplos de la Santísima Trinidad, ¿podremos acaso, a no ser que estemos completamente ciegos, prescindir de María, no consagrarnos ni someternos a Ella para ir a Dios y sacrificarnos a Él?
Veamos ahora algunos pasajes de los Padres, que he seleccionado para probar lo que acabo de afirmar:
        Dos hijos tiene María: un Hombre–Dios y un hombre–hombre. Del primero es madre corporal; del segundo, madre espiritual (Conrado de Sajonia).
        La voluntad de Dios es que todo lo tengamos en María. Debemos reconocer que la esperanza, gracia y dones que tenemos dimanan de Ella (San Bernardo).
        Ella distribuye todos los dones y virtudes del Espíritu Santo a quienes quiere, cuando quiere, como quiere y en la medida que Ella quiere (San Bernardino).
        Dios lo entregó todo a María, para que lo recibieras por medio de Ella, pues tú eras indigno de recibirlo directamente de Él (San Bernardo).
Viendo Dios que somos indignos de recibir sus gracias inmediatamente de su mano, dice san Bernardo, las da a María, para que de Ella recibamos cuanto nos quiere dar. Añadamos que Dios cifra su gloria en recibir de manos de María el tributo de gratitud, respeto y amor que le debemos por sus beneficios.
Es, pues, muy justo imitar esta conducta de Dios, para que, añade el mismo san Bernardo, la gracia vuelva a su autor por el mismo canal por donde vino a nosotros.
Esto es lo que hacemos con nuestra devoción: con ella ofrecemos y consagramos a la Santísima Virgen cuanto somos y tenemos, a fin de que el Señor reciba por su mediación la gloria y reconocimiento que le debemos y nos reconocemos indignos a incapaces de acercarnos por nosotros mismos a su infinita Majestad. Por ello acudimos a la intercesión de la Santísima Virgen.
Esta práctica constituye, además, un ejercicio de profunda humildad, virtud que Dios prefiere a todas las otras. Quien se ensalza rebaja a Dios; quien se humilla lo glorifica. Dios resiste a los orgullosos y concede sus favores a los humildes (Sant. 4, 6).
Si te humillas creyéndote indigno de presentarse y acercarte a Él, Dios se rebaja y desciende para venir a ti, complacerse en ti y elevarte, aun a pesar tuyo. Pero, si te acercas a él atrevidamente, sin mediador, Él se aleja de ti y no podrás alcanzarlo.
¡Oh! ¡Cuánto ama Él la humildad de corazón! Y a esta humildad precisamente nos conduce la práctica de esta devoción. Que nos enseña a no acercarnos jamás al Señor por nosotros mismos, por amable y misericordioso que Él sea, sino a servirnos siempre de la intervención de la Santísima Virgen, para presentarnos ante Dios, hablarle y acercarnos a Él, ofrecerle algo o unirnos y consagrarnos a Él.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Esta devoción nos consagra totalmente al servicio de Dios


El primer motivo nos manifiesta la excelencia de la consagración de sí mismo a Jesucristo por manos de María.
No se puede concebir ocupación más noble en este mundo que la de servir a Dios. El último de los servidores de Dios es más noble y poderoso que los reyes y emperadores, si éstos no sirven a Dios. ¿Cuál no será entonces, la riqueza, poder y dignidad del auténtico y perfecto servidor de Dios, que se consagra enteramente, sin reserva y cuanto le es posible a su servicio?
Tal viene a ser, en efecto, el esclavo fiel y amoroso de Jesús en María, consagrado totalmente por manos de la Santísima Virgen a este Rey de reyes, sin reservarse nada para sí mismo. Ni todo el oro del mundo ni las bellezas del cielo alcanzan para pagarlo.
Las demás congregaciones, asociaciones y cofradías en honor del Señor y de su Madre santísima y que tan grandes bienes producen en la cristiandad, no obligan a entregarlo todo sin reserva. Prescriben ciertamente a sus asociados algunas obras y prácticas para que se cumplan los compromisos asumidos, pero les dejan libres las demás acciones y el resto del tiempo.
Esta devoción, en cambio, exige entregar a Jesús y a María todos los pensamientos, palabras, acciones y sufrimientos y todos los momentos de la vida. De quien ha optado por ella se podrá, pues, decir con toda verdad que cuanto hace –vele o duerma, coma o beba, realice acciones importantes u ordinarias– pertenece a Jesús y a María, gracias a la consagración hecha por él, a no ser que la haya retractado expresamente. ¡Qué consuelo!
Además, como ya he dicho, no hay práctica que nos libere más fácilmente de cierto resabio de amor propio que se desliza imperceptiblemente en las mejores acciones. Esta gracia insigne la concede el Señor en recompensa por el acto heroico y desinteresado de entregarle, por manos de su Santísima Madre, todo el valor de las buenas acciones. Si ya en este mundo da el céntuplo a los que por su amor dejan los bienes exteriores, temporales y perecederos (cfr. Mt. 19, 29), ¿qué no dará a quienes le sacrifican aún los bienes interiores y espirituales?
Jesús, nuestro mejor amigo, se entregó a nosotros sin reserva, en cuerpo y alma, con sus virtudes, gracias y méritos: Me ganó totalmente, entregándose todo, dice san Bernardo. ¿No será, pues, un deber de justicia y gratitud darle todo lo que podemos? Él fue primero en mostrarse generoso con nosotros: seámoslo con Él, lo exige la gratitud, y Él se manifestará aún más generoso durante nuestra vida, en la muerte y por la eternidad: Eres generoso con el generoso (cfr. Sal. 17, 26).

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Llevamos el tesoro de la gracia en vasos de arcilla


 
Es muy difícil, dada nuestra pequeñez y fragilidad, conservar las gracias y tesoros de Dios porque:
1º) Llevamos este tesoro, más valioso que el cielo y la tierra, en vasos de barro (2 Cor. 4, 7), en un cuerpo corruptible, en un alma débil e inconstante que por nada se turba y abate.
2º) Los demonios, ladrones muy astutos, quieren sorprendernos de improviso para robarnos. Espían día y noche el momento favorable para ello. Nos rodean incesantemente para devorarnos y arrebatarnos en un momento, por un solo pecado, todas las gracias y méritos logrados en muchos años. Su malicia, su pericia, su astucia y número deben hacernos temer infinitamente esta desgracia. Ya que personas más llenas de gracias, más ricas en virtudes, más experimentadas y elevadas en santidad que nosotros, han sido sorprendidas, robadas y saqueadas lastimosamente. ¡Ah! ¡Cuántos cedros del Líbano y estrellas del firmamento cayeron miserablemente y perdieron en poco tiempo su elevación y claridad!
Y, ¿cuál es la causa? No fue la falta de gracia. Que Dios a nadie la niega. Sino, ¡falta de humildad! Se creyeron más fuertes y poderosos de lo que eran. Se consideraron capaces de conservar sus tesoros. Se fiaron de sí mismos y se apoyaron en sus propias fuerzas. Ceyeron bastante segura su casa y suficientemente fuertes sus cofres para guardar el precioso tesoro y, por este apoyo imperceptible en sí mismos, aunque les parecía que se apoyaban solamente en la gracia de Dios, el Señor, que es la justicia misma, permitió que fueran saqueados, abandonados a sí mismos.
¡Ay! Si hubieran conocido la devoción admirable que a continuación voy a exponer, habrían confiado su tesoro a una Virgen fiel y poderosa y Ella se lo habría guardado como si fuera propio y hasta se habría comprometido a ello en justicia.
3º) Es difícil perseverar en gracia, a causa de la espantosa corrupción del mundo. Corrupción tal que se hace prácticamente imposible que los corazones no se manchen, si no con su lodo, al menos, con su polvo. Hasta el punto de que es una especie de milagro el que una persona se conserve en medio de este torrente impetuoso, sin ser arrastrada por él; en medio de este mar tempestuoso, sin anegarse o ser saqueada por los piratas y corsarios; en medio de esta atmósfera viciada, sin contagiarse.
Sólo la Virgen fiel, contra quien nada pudo la serpiente, hace este milagro en favor de aquellos que la sirven lo mejor que pueden.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La acción maternal de María facilita el encuentro personal con Cristo


Es más perfecto, porque es más humilde, no acercarnos a Dios por nosotros mismos, sin acudir a un mediador. Estando tan corrompida nuestra naturaleza, como acabo de demostrar, si nos apoyamos en nuestros propios esfuerzos, habilidad y preparación para llegar hasta Dios y agradarle, ciertamente nuestras obras de justificación quedarán manchadas o pesarán muy poco delante de Dios para comprometerlo a unirse a nosotros y escucharnos.
Porque no sin razón nos ha dado Dios mediadores ante sí mismo. Vio nuestra indignidad e incapacidad, se apiadó de nosotros y, para darnos acceso a sus misericordias, nos proveyó de poderosos mediadores ante su grandeza. Por tanto, despreocuparte de tales mediadores y acercarte directamente a la santidad divina, sin recomendación alguna, es faltar a la humildad y respeto debido a un Dios tan excelso y santo, hacer menos caso de este Rey de reyes del que harías de un soberano o príncipe de la tierra, a quien no te acercarías sin un amigo que hable por ti.
Jesucristo es nuestro abogado y mediador de Redención ante el Padre. Por Él debemos orar junto con la Iglesia triunfante y militante. Por Él tenemos acceso ante la Majestad divina y, sólo apoyados en Él y revestidos de sus méritos, debemos presentarnos ante Dios, así como el humilde Jacob compareció  ante su padre Isaac para recibir la bendición, cubierto con pieles de cabrito.
Pero, ¿no necesitamos acaso un mediador ante el mismo Mediador? ¿Bastará nuestra pureza a unirnos a Él directamente y por nosotros mismos? ¿No es Él acaso Dios igual en todo a su Padre y, por consiguiente, el Santo de los santos, tan digno de respeto como su Padre? Si, por amor infinito, se hizo nuestro fiador y mediador ante el Padre, para aplacarlo y pagarle nuestra deuda, ¿será esto razón para que tengamos menos respeto y temor para con su majestad y santidad?
Digamos pues, abiertamente con san Bernardo que necesitamos un mediador ante el Mediador mismo y que la excelsa María es la más capaz de cumplir este oficio caritativo. Por Ella vino Jesucristo a nosotros y por Ella debemos nosotros ir a Él.
Si tememos ir directamente a Jesucristo–Dios, a causa de su infinita grandeza y de nuestra pequeñez o pecados, imploremos con filial osadía la ayuda e intercesión de María, nuestra Madre.
Ella es tierna y bondadosa.
En Ella no hay nada austero o terrible, ni excesivamente sublime o deslumbrante. Al verla, vemos nuestra propia naturaleza.
No es el sol que con la viveza de sus rayos podría deslumbrarnos a causa de nuestra debilidad. Es hermosa y apacible como la luna que recibe la luz del sol para acomodarla a la debilidad de nuestra vista.
María es tan caritativa que no rechaza a ninguno de los que imploran su intercesión, por más pecador que sea, pues, como dicen los santos, jamás se ha oído decir que alguien haya acudido confiada y perseverantemente a Ella y haya sido rechazado.
Ella es tan poderosa que sus peticiones jamás han sido desoídas. Bástale presentarse ante su Hijo con alguna súplica, para que Él la acepte y reciba y se deje vencer amorosamente por las entrañas, suspiros y súplicas de su Madre queridísima.
Ésta es doctrina sacada de los escritos de san Bernardo y san Buenaventura. Según ellos, para llegar a Dios tenemos que subir tres escalones:
        El primero, más cercano y adaptado a nuestras posibilidades, es María.
        El segundo, es Jesucristo y
        el tercero es Dios Padre.
Para llegar a Jesucristo hay que ir a María, nuestra Mediadora de intercesión. Para llegar hasta el Padre hay que ir al Hijo, que es nuestro Mediador de Redención.
Éste es precisamente el orden que se observa en la forma de devoción de la que hablaré más adelante.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Debemos revestirnos del hombre nuevo, Jesucristo


Nuestras mejores acciones quedan de ordinario manchadas e infectadas a causa de las malas inclinaciones que hay en nosotros.
Cuando se vierte agua limpia y clara en una vasija que huele mal o vino en una garrafa maleada por otro vino, el agua clara y el buen vino se dañan y toman fácilmente el mal olor.
Del mismo modo, cuando Dios vierte en nuestra alma, infectada por el pecado original y actual, sus gracias y rocíos celestiales o el vino delicioso de su amor, sus bienes se deterioran y echan a perder ordinariamente a causa de la levadura de malas inclinaciones que el pecado ha dejado en nosotros. Y nuestras acciones, aun las inspiradas por las virtudes más sublimes, se resienten de ello.
Es, por tanto, de suma importancia para alcanzar la perfección, que sólo se adquiere por la unión con Jesucristo, liberarnos de lo malo que hay en nosotros. De lo contrario, el Señor, que es infinitamente santo y detesta hasta la menor mancha en el alma, nos rechazará de su presencia y no se unirá a nosotros.
Para liberarnos o vaciarnos de nosotros mismos debemos:
1º) Conocer bien, con la luz del Espíritu Santo, nuestras malas inclinaciones, nuestra incapacidad para todo bien concerniente a la salvación, nuestra debilidad en todo, nuestra continua inconstancia, nuestra indignidad para toda gracia y nuestra iniquidad en todo lugar.
El pecado de nuestro primer padre nos perjudica a todos casi totalmente, nos dejó agriados, engreídos e infectados, como la levadura agria, levanta e infecta toda la masa en que se la pone.
Nuestros pecados actuales, mortales o veniales, aunque estén perdonados, han acrecentado la concupiscencia, debilidad, inconstancia y corrupción naturales y dejado huellas de maldad en nosotros.
Nuestros cuerpos se hallan tan corrompidos, que el Espíritu Santo los llama cuerpos de pecado (cfr. Rom. 6, 6), concebidos en pecado (Sal. 51, 7), alimentados en el pecado y capaces de todo pecado. Cuerpos sujetos a mil enfermedades, que de día en día se corrompen y no engendran sino corrupción.
Nuestra alma, unida al cuerpo, se ha hecho tan carnal, que la Biblia la llama carneHabiendo toda carne corrompido su camino (Gn. 6, 12). Tenemos por herencia el orgullo y la ceguera y la inconstancia en el alma, la concupiscencia, las pasiones rebeldes y las enfermedades en el cuerpo. Somos, por naturaleza, más soberbios que los pavos reales, más apegados a la tierra que los sapos, más viles que los cabros, más envidiosos que las serpientes, más glotones que los cerdos, más coléricos que los tigres, más perezosos que las tortugas, más débiles que las cañas y más inconstantes que las veletas.
En el fondo no tenemos sino la nada y el pecado y sólo merecemos la ira divina y la condenación eterna.
Siendo esto así, ¿por qué maravillarnos de que el Señor haya dicho que quien quiera seguirle debe renunciarse a sí mismo y odiar su propia alma? (cfr. Mt. 16, 24). ¿Y que el que ama su alma la perderá y quien la odia la salvará? (cfr. Jn. 12, 25). Esta infinita Sabiduría, que no da prescripciones sin motivo, no nos ordena el odio a nosotros mismos sino porque somos extremadamente dignos de odio: nada tan digno de amor como Dios, nada tan digno de odio como nosotros mismos.
2º) Morir todos los días a nuestro egoísmo, es decir, renunciar a las operaciones de las potencias del alma y de los sentidos, ver como si no viéramos, oír como si no oyéramos, servirnos de las cosas de este mundo como si no nos sirviéramos de ellas (cfr. 1 Cor. 7, 30-31). Es lo que san Pablo llama morir cada día (1 Cor. 15, 31). Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo y no produce fruto (Jn. 12, 24). Si no morimos a nosotros mismos y si nuestras devociones no nos llevan a esta muerte necesaria y fecunda, no produciremos frutos que valga la pena y nuestras devociones serán inútiles; todas nuestras obras de virtud quedarán manchadas por el egoísmo y la voluntad propia; Dios rechazará los mayores sacrificios y las mejores acciones que ejecutemos; a la hora de la muerte nos encontraremos con las manos vacías de virtudes y méritos y no tendremos ni una chispa de ese amor puro que sólo se comunica a quienes han muerto a sí mismos y cuya vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3, 3).
3º) Escoger entre las devociones a la Santísima Virgen la que nos lleve más perfectamente a dicha muerte al egoísmo, por la mejor y más santificadora. Porque no hay que creer que es oro todo lo que reluce, ni miel todo lo dulce, ni el camino más fácil y lo que practica la mayoría es lo más eficaz para la salvación. Así como hay secretos naturales para hacer en poco tiempo, pocos gastos y gran facilidad ciertas operaciones naturales, también hay secretos en el orden de la gracia para realizar en poco tiempo, con dulzura y facilidad, operaciones sobrenaturales, liberarte del egoísmo, llenarte de Dios y hacerte perfecto.
La práctica que quiero descubrirte es uno de esos secretos de la gracia, ignorado por gran número de cristianos, conocido de pocos devotos, practicado y saboreado por un número aún menor. Expongamos la cuarta verdad, como consecuencia de la tercera, antes de descubrir dicha práctica.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Pertenecemos a Cristo y a María


De lo que Jesucristo es para nosotros debemos concluir con el Apóstol (cfr. 1 Cor. 6, 19-20) que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos totalmente suyos, como sus miembros y esclavos, comprados con el precio infinito de toda su sangre.
Efectivamente, antes del Bautismo pertenecíamos al demonio como esclavos suyos. El Bautismo nos ha convertido en verdaderos esclavos de Jesucristo, que no debemos ya vivir ni morir sino a fin de fructificar para este Dios–Hombre, glorificarlo en nuestro cuerpo y hacerlo reinar en nuestra alma, porque somos su conquista, su pueblo adquirido y su propia herencia.
Por la misma razón, el Espíritu Santo nos compara a:
1º) Árboles plantados junto a la corriente de las aguas de la gracia, en el campo de la Iglesia, que deben dar fruto en tiempo oportuno (cfr. Sal. 1, 3).
2º) Los sarmientos de una vid, cuya cepa es Cristo, y que deben producir sabrosas uvas (cfr. Jn. 15, 5).
3º) Un rebaño, cuyo pastor es Jesucristo y que deben multiplicarse y producir leche (cfr. Jn. 10, 1ss.).
4º) Una tierra fértil, cuyo agricultor es Dios, y en la cual se multiplica la semilla y produce el 30, el 60, el ciento por uno (cfr. Mt. 13, 3. 8).
Por otra parte, Jesucristo maldijo a la higuera infructuosa y condenó al siervo inútil que no hizo fructificar su talento.
Todo esto nos demuestra que Jesucristo quiere recoger fruto de nuestras pobres personas, a saber, nuestras buenas obras, porque éstas le pertenecen exclusivamente: Hemos sido creados para las buenas obras en Cristo Jesús (Ef. 2, 10). Estas palabras del Espíritu Santo demuestran que Jesucristo es el único principio y debe ser también el único fin de nuestras buenas obras y que debemos servirle, no sólo como asalariados sino como esclavos de amor.
Me explico:
Hay en este mundo dos modos de pertenecer a otro y depender de su autoridad: el simple servicio y la esclavitud. De donde proceden los apelativos de criado y esclavo.
Por el servicio común, entre los cristianos, uno se compromete a servir a otro durante cierto tiempo y por determinado salario o retribución.
Por la esclavitud, en cambio, uno depende de otro enteramente, por toda la vida y debe servir al amo sin pretender salario ni recompensa alguna, como si él fuera uno de sus animales sobre los que tiene derecho de vida y muerte.
Hay tres clases de esclavitud: natural, forzada y voluntaria.
Todas las criaturas son esclavas de Dios del primer modo: Del Señor es la tierra y cuanto la llena (Sal. 24, 1).
Del segundo, lo son los demonios y condenados.
Del tercero, los justos y los santos.
La esclavitud voluntaria es la más perfecta y la más gloriosa para Dios, que escruta el corazón, nos lo pide para sí y se llama Dios del corazón (Sal. 73, 26) o de la voluntad amorosa. Efectivamente, por esta esclavitud, optas por Dios y su servicio por encima de todo lo demás, aunque no estuvieras obligado a ello por naturaleza.
Hay una diferencia total entre criado y esclavo:
1º) El criado no entrega a su patrón todo lo que es, todo lo que posee ni todo lo que puede adquirir por sí mismo o por otro; el esclavo se entrega totalmente a su amo, con todo lo que posee y puede adquirir, sin excepción alguna.
2º) El criado exige retribución por los servicios que presta a su patrón; el esclavo, por el contrario, no puede exigir nada, por más asiduidad, habilidad y energía que ponga en el trabajo.
3º) El criado puede abandonar a su patrón cuando quiera o, al menos, cuando expire el plazo del contrato; mientras que el esclavo no tiene derecho a abandonar a su amo cuando quiera.
4º) El patrón no tiene sobre el criado derecho ninguno de vida o muerte, de modo que si lo matase como a uno de sus animales de carga, cometería un homicidio; el amo, en cambio, conforme a la ley, tiene sobre su esclavo derecho de vida y muerte, de modo que puede venderlo a quien quiera o matarlo, con perdón de la comparación, como haría con su propio caballo.
5º) Por último el criado está al servicio del patrón sólo temporalmente; el esclavo, lo está para siempre.
Nada hay entre los hombres que te haga pertenecer más a otro que la esclavitud. Nada hay tampoco entre los cristianos que nos haga pertenecer más completamente a Jesucristo y a su Santísima Madre que la esclavitud aceptada voluntariamente a ejemplo de Jesucristo, que por nuestro amor tomó forma de esclavo (Flp. 2, 7), y de la Santísima Virgen que se proclamó servidora y esclava del Señor (Lc. 1, 38). El Apóstol se honra en llamarse servidor de Jesucristo (Rom. 1, 1). Los cristianos son llamados repetidas veces en la Sagrada Escritura servidores de Cristo (1 Cor. 7, 22; 2 Tim. 2, 24). Palabra que, como hace notar acertadamente un escritor insigne, equivalía antes a esclavo, porque entonces no se conocían servidores como los criados de ahora, dado que los señores sólo eran servidores por esclavos o libertos.
Para afirmar abiertamente que somos esclavos de Jesucristo, el Catecismo del Concilio de Trento se sirve de un término que no deja lugar a dudas, llamándolos mancipia Christi: esclavos de Cristo.
Afirmo que debemos pertenecer a Jesucristo y servirle, no sólo como mercenarios, sino como esclavos de amor, que por efecto de un intenso amor se entregan y consagran a su servicio en calidad de esclavos por el único honor de pertenecerle.
Antes del Bautismo éramos esclavos del diablo. El Bautismo nos transformó en esclavos de Jesucristo. Es necesario, pues, que los cristianos sean esclavos del diablo o de Jesucristo.
Lo que digo en términos absolutos de Jesucristo, lo digo proporcionalmente de la Santísima Virgen. Habiéndola escogido Jesucristo por compañera inseparable de su vida, muerte, gloria y poder en el cielo y en la tierra, le otorgó gratuitamente, respecto a su Majestad, todos los derechos y privilegios que Él posee por naturaleza.
“Todo lo que conviene a Dios por naturaleza conviene a María por gracia”, dicen los santos. De suerte que, según ellos, teniendo los dos el mismo querer y poder, tienen también los mismos súbditos, servidores y esclavos.
Podemos, pues, conforme al parecer de los santos y de muchos varones insignes llamarnos y hacernos esclavos de amor de la Santísima Virgen, a fin de serlo más perfectamente de Jesucristo. La Virgen Santísima es el medio del cual debemos servirnos para ir a Él. Pues María no es como las demás criaturas, que, si nos apegamos a ellas, pueden separarnos de Dios en lugar de acercarnos a Él. La inclinación más fuerte de María es la de unirnos a Jesucristo, su Hijo; y la más viva inclinación del Hijo es que vayamos a Él por medio de su Santísima Madre. Obrar así es honrarlo y agradarle, como sería honrar y agradar a un rey el hacerse esclavos de la reina para ser mejores súbditos y esclavos del soberano. Por esto, los santos Padres y entre ellos san Buenaventura, dicen  que la Santísima Virgen es el camino para llegar al Señor.
Más aún, si, como he dicho, la Santísima Virgen es la Reina y Soberana del cielo y de la tierra, ¿por qué no ha de tener tantos súbditos y esclavos como criaturas hay? Y, ¿no será razonable que, entre tantos esclavos por fuerza, los haya también de amor, que escojan libremente a María como a su Soberana? Pues, ¡qué! Han de tener los hombres y los demonios sus esclavos voluntarios y ¿no los ha de tener María? Y, ¡qué! Un rey se siente honrado de que la reina, su consorte, tenga esclavos sobre los cuales pueda ejercer derechos de vida y muerte; en efecto, el honor y poder del uno son el honor y poder de la otra, y el Señor, como el mejor de los hijos, ¿no se sentirá feliz de que María, su Madre Santísima, con quien ha compartido todo su poder, tenga también sus esclavos? ¿Tendrá Él menos respeto y amor para con su Madre que Asuero para con Esther y Salomón para con Betsabé? ¿Quién osará decirlo o siquiera pensarlo?
Pero, ¿a dónde me lleva la pluma? ¿Por qué detenerme a probar lo que es evidente? Si alguno no quiere que nos llamemos esclavos de la Santísima Virgen, ¿qué más da? ¡hacerte y llamarte esclavo de Jesucristo es hacerte y proclamarte esclavo de la Santísima Virgen! Porque Jesucristo es el fruto y gloria de María.
Todo esto se realiza de modo perfecto con la devoción de que vamos a hablar.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Jesucristo, fin último del culto a la Santísima Virgen



El fin último de toda devoción debe ser Jesucristo, Salvador del mundo, verdadero Dios y verdadero hombre. De lo contrario, tendríamos una devoción falsa y engañosa.
Jesucristo es el Alfa y la Omega (Apoc. 1, 8),  el principio y el fin (Apoc. 21, 6) de todas las cosas. La meta de nuestro ministerio, escribe san Pablo,  es que todos juntos nos encontremos unidos en la misma fe... y con eso se logrará el hombre perfecto que, en la madurez de su desarrollo, es la plenitud de Cristo (Ef. 4, 13).
Efectivamente, sólo en Cristo permanece toda la plenitud de Dios, en forma corporal (Col. 2, 9) y todas las demás plenitudes de gracia, virtud y perfección. Sólo en Cristo hemos sido beneficiados con toda clase de bendiciones espirituales (Ef. 1, 3).
Porque Él es el único Maestro que debe enseñarnos,
el único Señor de quien debemos depender,
la única Cabeza a la que debemos estar unidos,
el único Modelo a quien debemos conformarnos,
el único Médico que debe curarnos,
el único Pastor que debe apacentarnos,
el único Camino que debe conducirnos,
la única Verdad que debemos creer,
la única Vida que debe vivificarnos y
el único Todo que en todo debe bastarnos.
No se ha dado a los hombres sobre la tierra otro Nombre por el cual podamos ser salvados (Hech. 4, 12), sino el de Jesús.
Dios no nos ha dado otro fundamento de salvación, perfección y gloria, que Jesucristo. Todo edificio que no esté construido sobre esta roca firme, se apoya en arena movediza y tarde o temprano caerá infaliblemente.
Quien no está unido a Cristo como el sarmiento a la vid, caerá, se secará y lo arrojarán al fuego (cfr. Jn. 16, 6). Si, en cambio, permanecemos en Jesucristo y Jesucristo en nosotros, se acabó para nosotros la condenación (Rom. 8, 1): ni los ángeles del cielo, ni los hombres de la tierra, ni los demonios del infierno, ni criatura alguna podrá hacernos daño, porque nadie podrá separarnos de la caridad de Dios que está en Cristo Jesús (Rom. 8, 39).
Por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo lo podemos todo:
        Tributar al Padre en unidad del Espíritu Santo todo honor y gloria.
        Hacernos perfectos y ser olor de vida eterna para nuestro prójimo.
Por tanto, si establecemos la sólida devoción a la Santísima Virgen es sólo para establecer más perfectamente la de Jesucristo y ofrecer un medio fácil y seguro para encontrar al Señor. Si la devoción a la Santísima Virgen apartase de Jesucristo, habría que rechazarla como ilusión diabólica. Pero, como ya he demostrado y volveré a demostrarlo más adelante, sucede todo lo contrario. Esta devoción nos es necesaria para hallar perfectamente a Jesucristo, amarlo con ternura y servirlo con fidelidad.